26 de julio de 2008

ESCALAS EN UN VIAJE


Hoy me encuentro pensando en las distintas formas de enamorarse que tiene la gente. Dicen que el amor es el sentimiento más fuerte y que a todo el mundo le llega, o debería, llegarle alguna vez. Se habla, incluso, de que es algo universal, por ello ¿cómo es posible que nadie lo viva de igual manera? ¿es más fuerte la personalidad de cada uno, la manera de vivir, que el sentimiento más fuerte del mundo?


En primer lugar, hay personas que se enamoran en unos minutos. Se enamoran de una cara, una sonrisa o un gesto. Otras personas, en cambio, les lleva tiempo enamorarse. Incluso cuando creen que lo están, les da hasta miedo reconocerlo, por miedo a que ese sentimiento fuerte les haga sufrir Estas personas valoran un conjunto, una mezcla entre físico y personalidad.


En segundo lugar y una vez iniciado el romance, los plazos en que se van cumpliendo las etapas del mismo, son de lo más variado, así como la intensidad en la que se viven cada una de ellas. A mí no dejan de sorprenderme las personas que tras una semana viéndose con alguien ya hablan de novio. Me sorprende aún más que tengan esa confianza ciega en el amor, que no tengan recelo ante un posible fracaso. Que lo den todo a las primeras de cambio (me refiero al corazón) y que con tan poco tiempo con alguien ya sueñen con una vida juntos.


Me sorprende también la manera acelerada con la que se llevan las cosas, la naturalidad con la que descubren personas y ambientes nuevos. Pienso que esos momentos son para saborearlos despacio, son pasos que se hacen más firmes si han sido madurados previamente, de esta manera, cuando estos pasos son dados son más importantes y con más valor, pues significan algo.


Tampoco estoy de acuerdo con esas personas, que aún estando enamoradas, se niegan a aceptar la realidad, o a demostrar lo que sienten. Pienso que cuando uno se enamora, comienza un viaje, un viaje con diferentes escalas, cuyo periodo entre escala y escala puede durar lo que nosotros queramos. Estas escalas van aumentando en intensidad conforme el tiempo del viaje va pasando, y ellas son sorprendentes, incómodas en un primer momento, y deseadas en el fondo.


También existen diferentes maneras de encarar una ruptura o un fin inesperado en el viaje, pero esto ya es otro asunto y yo por el momento prefiero seguir viajando contigo.

20 de mayo de 2008

SALTAR

¿En qué momento de la vida llega la hora de parar en un sitio, en un trabajo, en una casa y tener la ilusión de que puede ser para siempre? En un mundo competitivo como en el que nos ha tocado vivir, yo a mis 26 años, me pregunto eso.

Es cierto que estoy en la etapa de los cambios, el encontrar tu sitio a todos los niveles, tener un trabajo en el que te puedas sentir realizada, una pareja que haga que para ti el sol brille más cada día o simplente el lugar en el que te sientas feliz. Pero la mayoría de la gente tendemos a acomodarnos, a vivir una vida sin sobresaltos, a acostumbrarnos a tirar palante con lo que tenemos.

Esto provoca un miedo terrible a dejar ese nido, ese lugar cálido y acogedor que nosotros mismos hemos ido construyendo. Miedo a hacer el ridículo ante lo nuevo, miedo a no dar la talla en los nuevos acontecimientos, miedo a no poder dominar situaciones, cuando en tu vida cómoda si las dominas, ¿hasta qué punto las personas prefieren vivir en lo cómodo por la incertidumbre de lo desconocido? ¿merece la pena dejarse llevar para conseguir no se sabe bien qué?

Una vez, me dijeron que no hay nada peor en este mundo que arrepentirse de aquello que nunca se hizo o se intentó, que es algo que pesa más que los errores que se cometen. Por todo ello, prefiero a las personas que se atreven, que se lanzan a la piscina sin estar muy seguros de como está el agua que hay dentro, esa gente que mira hacia delante y no pierden el tiempo mirando hacia atrás.

Por todo ello, voy a seguir vuestro ejemplo, voy a saltar, y como se suele decir "que sea lo que Dios quiera".

9 de abril de 2008

EL AMOR ES ASÍ

Dicen que la cara es el espejo del alma, que lo que reflejamos en ella es sólo una muestra (en algunas personas más que en otras) de las emociones, vivencias o pensamientos que llevamos dandonos vueltas por dentro.

De esta manera, los sentimientos más extremos serían los que dejarían en nuestro rostro o, incluso me atrevo a decir, en nuestra forma de mirar las marcas más profundas. Hablando de sentimientos extremos, uno de sus mayores exponentes sería el amor, y con él, su máxima expresión es el hecho de enamorarse.

Sabemos que enamorarse tiene dos vertientes. La primera de ellas sería la cara amarga, ver lo duro que resulta enamorarse de alguien que no siente ese mismo sentimiento hacia ti, hace que la tristeza invada por momentos nuestra mente. Por el lado contrario, está su cara más dulce y ocurre cuando ese sentimiento es compartido, amar a otra persona y a su vez ser amado por ella, cuando esto ocurre dicen que se nota, que la sonrisa se vuelve más bonita, el aspecto físico de la persona mejora así como su carácter. Incluso llegan a decirte que andas con el "guapo subido" sólo por el hecho de mirarte a la cara.

Si todo esto es verdad, no dejo de preguntarme ¿hasta qué punto nuestra cara es el reflejo del alma?

25 de febrero de 2008

PRIMAVERA QUE SÍ LLEGA

Parafraseando una canción de Jarabe de palo, esa que nos habla de la primavera que no llega, me pongo a pensar en la cantidad de cambios psicológicos que nos pueden provocar en los seres humanos las diferentes estaciones. De esta manera si el verano es símbolo de vacaciones, playa, calor y alegría; el invierno nos muestra todo lo contrario. Y es que, a menos de un mes para que llegue la primavera, a mi ya me huele a ella.

La primavera, esa que dicen que la sangre altera, esa en la que todo renace (aunque con el cambio climática ya cualquiera sabe), esa a la que los alergicos y astemios temen y otros esperan ansiosamente, se ha convertido en la estación más preferida y detestada por mucha gente.

Es la etapa de cambios, las tristezas se curan con ilusiones nuevas, crecen las ganas de salir a la calle, el deseo de enamorarse aumenta, los abrigos se cuelgan, el sol nos acompaña más tiempo y las noches huelen de una manera especial.

En fin, soy una enamorada de esta estación, y con cada llegada del otoño y volviendo a Jarabe de Palo, en la acera me siento a esperar la primavera.